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jueves, 23 de noviembre de 2017

Querida Rosaura (Cap II, 4ta parte)




A José le quedaron cicatrices en el alma después de haber discutido con su hijo varón; el seminario en vez de acercarlo a sus raíces lo había alejado más y lo había convertido, para él, en un hombre sensitivo, con poco entendimiento y nada de sensatez. A Agustín no le gustaba la conducta de su padre pero trataba de respetarlo con sus imperfecciones y sus juicios poco equitativos. Nada resultaba más antagónico que amar ejerciendo presión, manipulando voluntades y obligando a criaturas a decidir sobre situaciones basadas en conflictos familiares que arrastraban años de litigios. ¿Por qué nadie lo entendía?.

José Shalli era el jefe de una dinastía que todavía tenía adeptos pero que debía cuidar para que no lo traicionaran; las mujeres que vivían en su casa le calmaban los dolores porque lo apoyaban demasiado. Él se había encargado de cultivar los ánimos como si profesara una secta de fanáticos e intransigentes. Don José debía estar contento con su historia y demostrar la fragilidad del ser humano con todo lo bueno y lo malo para poder lograr el verdadero sentido de la existencia.

Rosaura sabía que debía obedecer a su madre; por una extraña razón entendía que así tenía que ser. No se sublevaba porque la amaba. Magdalena gobernaba esas tierras con el poder de un hombre y la convicción de que las mujeres debían hacerse valer y ser respetadas ante el machismo y la autoridad masculina. Le hubiera gustado labrar el suelo para sacarle el máximo de provecho, juntar los frutos de la cosecha con sus propias manos, tener el dinero suficiente para que su padre no pudiera hablar…, pero estaba allí, embarazada, a punto de dar a luz, con la esperanza puesta en el hijo por venir y en el drama de no cruzar una mirada con José Shalli que, seguramente, le diría:
-¡Otro hijo más!.

Frente al farolito de puerto pasaba las noches tejiendo junto con Rosaura que hacía los deberes sobre la mesa de nogal. Los perros ladraban y ellas se sobresaltaban… Magdalena tomaba la escopeta que tenía escondida detrás de la puerta con la ristra de ajos y tiraba tiros al aire. Seguramente, algún gato trepaba por los naranjos para huir de los animales que dormitaban en la portada. La oscuridad era la antesala de las tragedias; sin embargo, Juan dormía sin imaginar que su esposa tenía tanto miedo. Ese cuerpo  guerreaba con la vida, con un carácter fuerte y obcecado, con la rutina en un lugar que parecía sepultado por las décadas. Tenía terror a un fin inesperado como si tuviera conocimiento de la cercanía de la muerte que siempre, y bajo toda circunstancia, es absurda porque es la negación de la vida. Si hubiera cambiado su actitud, esa paranoia que le hacía tanto mal, hubiera podido disfrutar de las bendiciones de una existencia rica a pesar de los apremios económicos. Magdalena no vivía en armonía por estar a la defensiva pensando qué dirían los demás de sus hábitos y de su entorno. Esas personas que creían ser mejores no eran más que oligarcas venidos a menos, amigos de su padre, jueces de memoria oscura y de presentes opacados por la patética maraña de la codicia.

-Ayer vimos al abuelo enfrente del colegio-dijo Juan José entusiasmado.
-¿Dónde?.
-Estaba parado en el adoquinado con el bastón y las llaves de ese fabuloso auto en las manos.
-¡Será posible!-dijo Magdalena tratando de hacer una pausa para tomar aire.
-¿Quién?-preguntó una voz poco fluida.
-El abuelo, papá.
-Ese hombre tiene un interés poco normal e intenta provocar inestabilidad emocional en todos nosotros. Tiene una forma de vivir excéntrica y quiere transformar nuestra realidad a sus propias necesidades. Es una persona egoísta y nunca deja de arrojar veneno para alterar los ánimos, luego se va, tranquilo, pisando firme, como si nada hubiera pasado.
-No es tan así. Tú porque eres demasiado susceptible y te sientes agredido. ¿Por qué no le haces frente y le acomodas los puntos en su lugar?.
-Porque lo respeto por su edad y por su talento para lograr las metas que se propuso.


Rosaura seguía mirando la luna llena por la ventana y las ochenta y ocho constelaciones en la Vía Láctea: Quilla, Centauro, Orión, Lira, Cochero, Boyero, Erídano, Cruz del Sur, Virgen…; pensaba que todavía no conocía a nadie que se haya muerto para sentir, en su cuerpo, los ojos del amor. No entendía la pelea de sus padres, pero tampoco los escuchaba demasiado. Ella quería mucho al abuelito de retorcidos bigotes porque era muy protector y solía contar cuentos que la divertían muchísimo. En la inocencia no hay lugar para conjeturas porque el alma no sabe de malentendidos.


¿Para qué tantas preguntas?. ¿Qué complicados que son los mayores?. Mientras continuaba la discusión, ella se recluía en el cuarto donde había una caja con la ropa del bebé: unos baberos de linón bordados en punto sombra, un ponchito con motas, batitas y toallas. Sacaba todo de su lugar y luego lo volvía a acomodar con prolijidad. Miraba el techo y las paredes desteñidas y sentía escalofríos, miedo a una oscuridad completa y a esas verdades que no se podían modificar: la cadena humana, ese eslabón que se cortaba con un ruido seco de hierros, el dolor que no conocía todavía y el perfume como una bocanada de humo que entraba por las grietas.


lunes, 20 de noviembre de 2017

Querida Rosaura (Cap II, 3ra parte)




Los abuelos se fueron sin haber logrado llevarse a Rosaura a quien veían como una especie de niña sudafricana y huérfana, mal alimentada y sin ropa. Pero no era así. Magdalena se desvivía por cocinar lo mejor o lo que más le gustaba a ella, tejía mucho y Rosaura tenía también vestidos costosos y de buen gusto que le regalaba su madrina Isabel. Era una niña fina en medio del terreno agreste, con el alma ebria de tanto beber lágrimas.
El tío Agustín, quien era un artista, se encargaba de darle educación antes de que le tocara ingresar al colegio. La pequeña Rosaura ya sabía las letras y los números de memoria, escribía el nombre e intentaba leer junto al fogaril en las noches de invierno cuando la vida estaba hecha de colores.



El 12 de octubre de 1928, Irigoyen prestó por segunda vez el juramento constitucional. Llegaba nuevamente a la presidencia, pero las circunstancias no eran las mismas del año 1916.
Su salud estaba quebrantada; su partido se había dividido. La crisis mundial se insinuaba ya con evidencia.
El descontento sucedió rápidamente al entusiasmo inicial. La oposición comenzó a organizarse; se acusaba al presidente de descuidar la administración pública y de dilatar la solución de los problemas más urgentes; a sus colaboradores de mantenerlo “rodeado” y al margen de la realidad política del país.
“Cuando un pueblo tiene personalidad propia y un alma nacional formada por el conjunto de sus tradiciones históricas, y permanece unido por ideales comunes, costumbres e idioma, constituye una verdadera Nación.”



En la hacienda de campo, cercada, con la casa de labor y los establos respectivos, Magdalena estaba esperando un bebé. Juan seguía escapando hacia el granero para observar las plantas gramíneas con espigas y semillas molidas y también para no escuchar al abuelo José. Se sentía preso y alborotado en una jaula, con las alas maltrechas, y cansado de tanto golpear las rejas.

Rosaura se hallaba feliz con la llegada del hermanito a quien veía como un muñeco para jugar, pero ya le tocaba ir al colegio. El hecho de sentarse en los bancos de las aulas de la escuela 230 Paula Albarracín le daba mucha ansiedad y emoción; aunque entendía que al principio se aburriría mucho porque ella ya sabía leer y escribir. El tío Agustín le había enseñado; Magdalena se lo agradecía de corazón. Había descubierto a un hermano dispuesto a colaborar, noble, un ejemplo de rectitud como lo era Juan, su esposo.

Los útiles que Rosaura tuvo que llevar el primer día de clases fueron los justos y necesarios, pero también los de mejor calidad. Magdalena no quería que su padre hiciera un solo comentario, por eso para estas ocasiones buscaba el dinero que tenía enterrado bajo las chapas del galpón. Ella sabía que había que darle importancia a la educación, aunque el destino le indicara que tenía que dejar sus huesos cautivos entre la vegetación y los trinos.


El tío se subió al sulky y acercó al colegio a Juan José y a Rosaura; les dijo que se portaran bien, que el más grande cuidara del más chico y que a la salida volvería a buscarlos, pero, al pasar las horas, quien se presentó frente al instituto en su automóvil Nash fue José Shalli. El abuelo, altanero como pocos, pensó en tener un buen gesto despojado de toda soberbia. No le salía bien.
-Vengo a llevar a los niños para la casa.
-Padre, con todo el respeto, yo he venido a recogerlos-dijo Agustín alterado porque sería reprendido por Magdalena sino cumplía con lo acordado.
-Eres necio.
-Padre, no me obligue…
-Eres un inepto que no te sabes ganar la vida, no hables con derechos porque no los tienes. Yo soy el abuelo y merezco disfrutar de mis nietos.
-Magdalena no quiere que los niños se acostumbren a una vida que ella no les puede dar. A Juan José y a Rosaura no les falta nada, comprenda…
-Abuelo.-dijo Juan José.-Otro día lo voy a visitar pero ahora tenemos que volver al campo porque mamá se va a preocupar.

El tío los tomó de la mano y en silencio se subieron al sulky para regresar a la granja. José Shalli tuvo que guardarse el orgullo y sus discursos cristianos para otro momento. Su hija ya era una mujer que tenía dominio y poder. De qué se quejaba si él la había educado así; solamente, a su criterio, se había equivocado en la elección del marido a quien consideraba un blando portador de cansancio.

De---Querida Rosaura
         ¿Cuánto dura el amor?
                              La eternidad.

domingo, 19 de noviembre de 2017

La noche... sin hijos



Ella sabía que no podía hacerlo y se abandonaba a las horas que se consumían como velas rojas.
Sus hijos eran tesoros que debía cuidar de las inclemencias de la vida; sin embargo, los abandonaba para caer por el abismo de las tisanas, los licores de sal y las estampas milenarias.

El miedo paraliza...
La guerra contra él era solamente una pantomima, un dibujo, entendía que no iba a ganarle nunca.

Y aparecía el destino que manejaba los hilos de la vida: primaveras y estíos marcando su compás de espera. 


¿Qué hará cuando llegue la noche sin perfumes ni letras... sin hijos?

¿Cómo olvidar la furia cuando nos adormece la calma?

De----El silencioso GRITO DE MANUELA


sábado, 18 de noviembre de 2017

Algo de mí




"Su trabajo es excelente y no constituye una sorpresa para mí, pues tengo bien mensurado su nivel literario, que es de lo mejor. Su prosa es la más adecuada para el buen cuento y para la buena novela: sugerente, esquiva, con sabiduría, siempre armoniosa y densamente poética. Y esto es importante, nunca cae en el prosaísmo ripio que desluce el estilo conduciéndolo hacia lo trivial y lo insulso."


Prof. Raúl Rossi del Conservatorio Literario de Rosario (Argentina) "FIELES CUSTODIOS DEL IDIOMA".





"Como coordinadora del Taller "Encuentros" quiero decir, que Luján une a la calidez de su personalidad una capacidad y potencialidad creativa que se torna valiosa por su respeto en el manejo correcto de la lengua escrita y su cuidado constante por defender la pureza de idioma que la convierte en una de las promesas en todo el ámbito de las letras nacionales."

Prof. Susana Cauzillo



Que su autora este orgullosa de su obra. Todo llega, muy lento pero llega y cuando eso pasa, debería ser el día mas feliz de nuestras vidas pero: los celos, la envidia, el dinero, acomodos y tantas cosas muchas veces, opacan las obras y a los artistas. 
Es una lucha permanente, quijotesca, todos los días. 
Como entiendo esto! Abrazo y fuerza!...


GRACIAS!!!
Ediciones Renacer


jueves, 16 de noviembre de 2017

Retratos literarios: Clara


Salvador, al pasar frente a una columna, se sobresaltó… Allí, parada, estaba ella: Clara. Ese amor que tuvo en su juventud y que abandonó por su capricho sexual. Ella era completamente distinta a Dolores, una joven fina y educada, sobria en sus modales, tierna y dulce, mientras que su esposa era ese tipo de mujer que deslumbran y que todo hombre, que es exhibicionista, le agrada mostrar a los demás como un trofeo. Sólo que después de treinta años de aquella Dolores ya no quedaba nada y Clara seguía siendo la misma joven angelical y bella.

Ella lo miró con el mismo amor y tristeza que el día en que se alejaron para siempre. Parecía haber quedado detenida en las horas aquellas de su adolescencia, estaba igual o más bella; a Dolores, en cambio, el tiempo la había castigado en demasía. Salvador se olvidó un poco de Guillermo para mirar a Clara que no dejaba de observarlo con sus ojos oscuros; ese halo de soledad que siempre tuvo y que transmitía le llegó al corazón como una daga. Sintió arrepentimiento, culpa, vergüenza…

Ella se había quedado soltera esos largos treinta años, con la angustia de no saber el porqué del abandono. Se notaba que todavía sentía amor por él, pero también no podía negar que la situación resultaba absurda e irreal. Clara era una mujer demasiado espiritual, pero se hallaba herida. (fragmento)

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De--- La Novia ¿Ella regresó por amor?

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